Lavaredo Ultratrail 50K

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Era medianoche en Cortina D’Ampezzo, Italia, cuando recibí una llamada de mi novio para avisarme que acababa de ocurrir un terremoto en Venezuela.

Esa noche del 24 de junio que para mi tenía que ser de descanso y recuperación, a un día de correr los 50K de Lavaredo Ultratrail, fue de insomnio absoluto, terror y una profunda tristeza que todavía no sabía de qué manera manifestarse.

Dormir algo era imposible. Toda la noche la pasé pegada al whatsapp enviando mensajes a conocidos; algunos sin recibir respuesta, de mirar noticias tratando de entender la magnitud de lo ocurrido, de saber que el trasnocho iba a pasar factura pero no había manera de apagar una mente inquieta que solo se preguntaba ¿qué está pasando? No quiero estar aquí.

En la mañana fui a retirar mi dorsal con la mente en automático. Todo lo que había planeado hacer en la expo se había desvanecido; la ilusión de conocer a los élites, de mirar otras carreras, de curiosear tecnología deportiva, todo se había nublado en mi mente y solo podía pensar en ¿qué hago yo aquí?

Llegó el día y no había podido dormir absolutamente nada. Me dolía la garganta de tanto llorar y sentía un malestar de fiebre que decidí evadir y no darle importancia. Entré al corral de salida a esperar el conteo regresivo. Todo el mundo sonreía y yo no podía sentirme más desubicada. Estaba absolutamente sola con más de 2 mil personas a mi alrededor.

Comencé a correr y sentía las piernas dormidas. No habíamos entrado ni siquiera a la montaña y ya iba casi de última. Me pasaban mujeres grandes, pequeñas, altas, bajitas, sentía que todas tenían más fuerza que yo pero en mi mente empecé a ponerles nombres. “Ivette” era una italiana alta y morena a la que le pude llevar el paso y usar de gancho para no quedarme atrás.

Así fui poniéndole nombre a todo el mundo durante los primeros 20K: “Permiso José” pensaba en mi mente cuando pasaba a un hombre cualquiera en el camino. Solo se escuchaban nuestros pasos en ese terreno de piedras sueltas y una que otra conversación en italiano que no entendía para al menos entretenerme con el chisme.

El sueño empezó a aparecer y sentía que me iba a desmayar en cualquier momento pero la enorme masa de piedra que nos rodeaba me mostraba lo grande, fuerte e imponente que se puede llegar a ser aún cuando nos sentimos diminutos a sus pies.

Hace rato mi reloj había marcado los 20K y debía estar cerca del primer Punto de Control: Col Gallina en el 25K. Por allí debía pasar antes de las 2 de la tarde y era medio día. Saber que había pasado con casi tres horas de ventaja, me ayudó a subir el ánimo para la parte más complicada de la ruta.

Faltaban las subidas más fuertes y mis piernas ya empezaban a responder mejor, sin embargo con las piedras sueltas en el terreno era complicado dar pasos firmes. Hubo una subida en la que mi mente me jugó en contra y me sentaba cada vez que contaba 100 pasos. Al llegar arriba me detuve a llorar porque sentía que lo que me pesaba era eso: las ganas de llorar contenidas. Cuando subí la mirada para seguir mi camino no podía creer el paisaje que Dios había puesto frente a mis ojos. Me sequé las lágrimas, guardé mis bastones y sonreí. Por fin había llegado la bajada.

El segundo punto de corte: Passo Giau 32K lo pasé con menos tiempo de ventaja pero ya había pasado lo más duro. De allí en adelante solo quedaba llegar a la meta antes de las 12 horas que se cumplían a las 8:00 p.m.

La bajada fue la más eterna que he hecho en mi vida. Era como si el tiempo se hubiese detenido en medio de ese bosque. Corría corría, corría y lo que había avanzado eran 300 mts, además todavía faltaban 100 metros positivos que no sabía dónde los tendríamos.

Al llegar al pueblo lo supe. La última recta antes de llegar era una subida para la que ya no quedaban piernas pero si muchas ganas de cruzar el arco. “Dani Martucci de Venezuela” escuché entre las campanas y los aplausos de la gente a mi alrededor. Lo había logrado y no sabía cómo. Abracé mi bandera y le di las gracias porque llevarla en un bolsillo en el pecho me dio la fuerza cuando más lo necesitaba.

Me grabé recibiendo la medalla porque era ese video lo único que me hacía sentirme cerca de mi gente, de la que me había ayudado a llegar allí y que en ese momento estarían rescatando lo que quedaba de mi país. Me senté en un lado de la baranda a dejar todo el llanto que me quedaba. Mi sueño se estaba haciendo realidad pero en mi corazón no había espacio para la alegría.

Sin nadie conocido a mi alrededor, me senté a recuperarme y una chica me preguntó ¿estás sola? ¿Quieres que te tome una foto? Le dije por supuesto que sí y gracias a ella tengo un recuerdo del momento más bizarro de mi vida: la llegada de Lavaredo Ultratrail 50K en Cortina D’Ampezzo, Italia. Gracias a todos los que me ayudaron a vivir esta experiencia.